ARTHUR CRAVAN, EL ARTISTA SIN OBRA

¿Quién fue Arthur Cravan? Un tipo harto singular, que se definía a sí mismo como: embustero, marino del Pacífico, mulatero, recolector de naranjas en California, encantador de serpientes, ratero, sobrino de Oscar Wilde, leñador en los bosques gigantescos, ex campeón de boxeo en Francia, nieto del canciller de la reina, chofer de automóvil en Berlín, ladrón, etc. (y por etcétera, léase: falso marchand, maestro de la invectiva, dandy, viajero compulsivo, loco).

¿Por qué nos interesa? Por varias razones. Porque su biografía está llena de imprecisiones y porque termina inevitablemente asociada y confundida con el movimiento dadaísta, pero también porque fue el primero en hacer una revista escrita, editada y financiada por él mismo, adelantándose varios años a la idea que luego daría origen a los fanzines. También, nos interesa porque, tal como señala Vila Matas en Bartleby y compañía: en rigor Arthur Cravan no ha escrito ningún libro y, no obstante, se ha ganado su lugar de privilegio en la historia literaria. Y todos sabemos acerca de la atracción que causan los “artistas sin obra”. Después de todo, ¿quién no ha soñado con gozar de los privilegios de la fama, sin hacer ningún esfuerzo para ganársela?

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En cuanto a los modos de ganarse fama y el sutil arte de la invectiva, vale mencionar que Arthur Cravan solía vituperar contra  todo y todos, pero también hay que aclarar que supo inventarse un universo propio. Su revista, Maintenant, es paradigma de la ley del “hazlo tú mismo”, que luego se apropiarían los punks y aunque la pulsión de Eróstrato parece guiar su pluma, también ha demostrado tener una sensibilidad genuina y sutil. (Eróstrato incendió el templo de Artemisa (considerado una de las siete maravillas del mundo) sólo para ser recordado y para ganarse su lugar en la historia, como el tipo que incendió una de las siete maravillas del mundo, por puro ego y vanidad)

Fernando Pessoa retoma la historia de Eróstrato, para referirse a un modo de ser en el mundo y en algún momento concluye, con ironía y pesimismo, que “un genio pequeño consigue la fama, un gran genio consigue mala reputación, un genio mayor consigue la desesperación y un dios consigue la crucifixión”. Si así fuera, tal vez eso explicaría la fascinación que causa Arthur Cravan. Al menos él parecía estar lleno de veneno y parecía hacer gala del hecho de escupirlo sin más. Antes que ninguna otra cosa, fue un rebelde, como Jesucristo. Pero no fue un mártir, por fortuna para los que piensan con Proudhon que después de los tiranos no hay nada más detestable que los mártires.

Lo cierto es que Arthur Cravan fue tan amado como odiado y jamás pasó desapercibido. Arthur Cravan era un tipo indudablemente singular. Incluso desde su aspecto físico. Un coloso en todo sentido. Se dice que era hermoso, que medía dos metros. Fue boxeador y poeta. No adhirió a ninguna escuela ni a ningún movimiento artístico porque, antes que ninguna otra cosa, siempre fue un solitario. Sin embargo los dadaístas se sirvieron de su nombre, le citaron y celebraron sus ocurrencias y sus bromas, que encontraron afines. Pero Arthur Cravan no era dadaísta, ni surrealista, ni nada. Arthur Cravan era Arthur Cravan. Un coloso que estaba dispuesto a llevarse el mundo por delante. Y, de alguna manera, es lo que hizo. O intentó hacer, hasta que desapareció, sin dejar rastro.

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Por otra parte, los artistas de los que se sabe poco o nada, los artistas cuya obra es más bien abstracta, simbólica o nula, generan desde el vamos cierta intriga. El investigador devenido en detective literario deja tras sí un halo de misterio que ensancha el mito de su objeto de estudio (si no, pregunten por Archimboldi). Luego, Arthur Cravan pertenece a esa singular galería de artistas cuyas vidas fueron su propia obra. Un personaje que necesariamente debe ser reconstruido a partir de las declaraciones de otros. A partir de las huellas que dejó en los demás.

Pese a despreciar la consagración de las academias, Arthur Cravan parecía estar morbosamente interesado en el renombre que otorgan esas mismas academias. Su discurso, más que contradictorio, es irónico. Arthur Cravan, también, era un gran bromista. Podríamos decir que le importaban un pito los intelectuales de la época, sobre todo porque no hablaban de él. Este modo de razonar me recuerda al chiste de Woody Allen que abre Annie Hall. (La vida apesta y encima dura poco).

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Luego, mito y figura de Arthur Cravan se convierten en ícono de toda una época, signada por el desencanto y la rebeldía, el culto a la belleza y la fantasía de la revolución y las vanguardias. Arthur Cravan quiso huir de las etiquetas y para ello se escondió detrás de una docena de ellas. (Cierto dicho sostiene que un bosque es el mejor sitio para esconder un árbol).

Arthur Cravan, el coloso inasible, fue un hijo de su época. Un bromista cuyos chistes apenas llegaron a causar gracia alguna. Por lo demás, la dinámica de la sociedad neurótica en la que vivimos exige que una novedad sea reemplazada rápidamente por otra. El nombre de Arthur Cravan fue perdiendo intensidad, aunque algunos supieron tener la afortunada idea de mencionarlo aquí y allá y hoy podemos rastrear sus huellas. Por ejemplo, los lectores de habla hispana podemos recordarlo de la antología del humor negro confeccionada por André Breton, (Editorial Anagrama). En el libro Bohemios, de Dan Franck, se menciona a Arthur Cravan, debido a su famosa disputa con Apollinaire. También se lo suele mencionar a partir de un episodio secundario, pero pintorezco, en la vida de Marcel Duchamp. Episodio relatado con variantes tanto en las biografías de Calvin Tomkins (Editorial Anagrama), como de Bernard Marcade (Ediciones Del Zorzal). La editorial Caja Negra compiló su revista Maintenant junto a crónicas y otros textos.

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El episodio en cuestión es el que atañe a la, así llamada, exposición de los Independientes, ocurrida en Nueva York. Duchamp y Picabia, que lo organizaban, se encargaron de llevar a Arthur Cravan al auditorio, quien se desnudó, vociferó, boxeó, hizo un escándalo tremendo.

Más tarde, en una fiesta realizada por los Arensberg (mecenas de Duchamp), Arthur Cravan conoce a Mina Loy (quien, en realidad, estaba interesada en Duchamp). Al principio no se llevaron bien, luego se entendieron y, finalmente, se casaron. Se puede decir que fueron felices, hasta que Arthur Cravan desapareció.

Maintenant fue su legado, donde expuso sus diatribas rabiosas contra Gide, Apollinaire, contra los modernos. También, Maintenant sirvió como refugio para su poesía. Extemporánea y misteriosa. Eso (y apenas un puñado de cartas a Mina Loy) es todo lo que nos queda de su esquiva obra literaria. Más que suficiente para erigir el mito que se asocia a su nombre. Y así sea.

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