EL OTRO WILLIAM BURROUGHS

¿Todos ubicamos más o menos a William Burroughs? ¿El escritor beatnik? ¿El autor de Naked Lunch (cuya adaptación cinematográfica fue realizada por David Cronenberg)? ¿El que grabó canciones con bandas como Sonic Youth, o solistas como Kurt Cobain? ¿El supo cosechar amistades de la talla de Patti Smith, David Bowie, Andy Warhol? ¿El que estaba obsesionado con las armas de fuego? ¿El homosexual apólogo de la droga? ¿El hito de la contracultura norteamericana? Bueno, ese.
Lo que muchos no saben es que su abuelo, también llamado William Burroughs, fue el inventor de la máquina registradora. Invento que lo hizo millonario. No deja de resultar curioso que un tipo asociado a la marginalidad, la delincuencia y el submundo neoyorquino, haya surgido de la alta sociedad. Pese a renegar de ello, la infancia de William Burroughs fue similar a la de cualquier otro niño rico. Pero dejemos ese asunto de lado. La otra cosa que pocos saben es que William Burroughs tuvo un hijo que también fue escritor, que se llamó nada menos que William Burroughs, Jr

burroughs

El William Burroughs que todos conocemos sostenía que la familia es uno de los principales obstáculo para el progreso humano y, entre otras cosas, proponía que los hijos fueran separados de sus padres biológicos, para ser criados en instituciones. Le echaba la culpa de casi todos los males de la sociedad a la familia, a la institución familiar, a que los niños fueran criados por mujeres. Estaba esperanzado con la posibilidad de que la ciencia avance lo suficiente como para engendrar humanos sin necesidad de que sean concebidos por ellas.
Cualquiera pensaría que alguien con este tipo de convicciones está destinado a no casarse jamás. Mucho menos, reproducirse. Sin embargo, William Burroughs tuvo dos matrimonios (con Ilse von Klapper y con Joan Vollmer) . Y dos hijos: William Burroughs Jr y Julie Adams. De ella, no sabemos nada. De él, poco. Veamos: ¿qué clase de hijo pudo haber concebido un tipo que cree que los hijos deben ser separados de sus padres biológicos para ser criados en instituciones? Bueno, la clase de hijo que reproduce el estilo de vida de su padre. Incluso cuando ese estilo de vida implique la autodestrucción. 

William Burroughs, Jr fue drogadicto, alcohólico, escritor y murió joven y rápido. Antes, incluso, que su propio padre. Murió a los 33 años, de cirrosis, producto de su acentuado alcoholismo (a lo largo de su corta vida, recibió dos transplantes de hígado).
La, así llamada, corta e infeliz vida de William Burroughs Jr fue comentada y descripta ampliamente por David Ohle en una biografía que lleva por título: Cursed from Birth. Desde luego, es un libro que no se ha traducido al español y que resulta muy difícil de hallar. Pero lo que sí se tradujo al español, por primera vez recién el año pasado (pese a ser un libro de culto desde 1972) es otro libro de David Ohle, que se llama Motorman y que, en su momento, fue celebrado nada menos que por el propio William Burroughs. Motorman es, ciertamente, una novela increíble. Un ave raris absoluta. Una suerte de novela post-apocalíptica, donde la función del lenguaje y de las actos cotidianos sufren un constante desplazamiento de sentido, tal como en las mejores obras de Samuel Beckett, a quien remite casi de manera inevitable.
Pero el tema que nos compete es Speed, la primera de las novelas de William Burroughs, Jr.  Ya desde el prólogo, Allen Ginsberg nos hace notar la curiosa simetría que existe entre Speed y Yonqui que, en su momento, fue la primera de las novelas de su padre. Allen Ginsberg pone de relieve que cuando William Burroughs escribió Yonqui, tenía 28 años y que cuando su hijo escribió Speed, contaba 18. ¿Es que hay una aceleración en los tiempos en el salto generacional? La palabra clave es aceleración. No por nada la novela se llama: Speed, cuya correcta traducción podría ser velocidad. (Existe una traducción de la novela al español, con el arbitrario título de Dosis).

Speed es, obviamente, una novela autobiográfica. La cosa es así: William Burroughs, Jr. fue criado por sus abuelos (por parte del padre). Viven en una casa en Palm Beach, repleta de muebles costosos y antigüedades de museo, que otrora representaron cierto lujo y que ahora no hacen más que llenarse de polvo. Cuando su abuelo murió, toda la casa adquirió un aspecto abandonado y él mismo dejó de prestar atención a la, así llamada, vida familiar.

Y así es como se concentra en sus inagotables periplos hasta Miami y se la pasa de bar en bar, particularmente interesado en explorar los fondos de la vida nocturna. Drogas, alcohol, sexo. Cada tanto regresa a su casa, sólo para sentir culpa por maltratar a su abuela, que lo quiere y le cuida y aconseja con tino.

Su compañero de aventuras de llama Chad, con quien comparte la afición a las drogas y al acohol, con quien se dedican a explorar todos los bares y los rincones más oscuros de la vida nocturna. Cada tanto venden drogas, pero sólo para poder costear las que ellos mismos consumen. Son jóvenes, rebeldes, caprichosos y casi no tienen ningún compromiso. Así que se dedican a hacer lo que les viene en ganas. Sin ningún motivo ni un plan preciso, toman la resolución de viajar hasta Nueva York.

La novela, aquí, se vuelve una suerte de road movie relatada por un Holden Caulfield trash. Si hay algo en lo que William Burroughs, Jr superó a su padre es en el sentido del humor que supo imprimirle a su personaje, que relata todo lo que relata (aún lo más siniestro) sin perder jamás el sentido del humor. Todo lo que William Burroughs, Jr vive, lo vive como lo que es: una aventura que puede ser idiota y autodestructiva, pero que resulta una aventura al fin.

La mitología es la de cualquier otra novela de carretera. Los personajes extravagantes que uno se cruza al hacer dedo, las historias de vida de personajes casuales, las estaciones de servicio, las casas de comida al paso. Hasta que al fin llegan al Greenwich Village y la mitología pasa a ser otra: la de la bohemia de San Francisco en los 60´s, del folk rock, de Bob Dylan, la de los poetas del Times Square.

Todos parecen conocerse. Todos son amigos o conocidos de un amigo. En realidad, los vínculos afectivos son abstractos. Todos buscan lo mismo: un lugar donde refugiarse y drogas. Todas las amistades son improvisadas. Vínculos afectivos que duran una sóla noche. La directiva es la incoherencia, el deambular sin rumbo. La promesa de una dosis como un polo magnético. Y así es como desfilan esos personajes surgidos de cualquier parte: de lo mejor y de lo peor. De la alta sociedad y de la más sucia de las alcantarillas.

Hasta que la policía, en alguna redada que podría haberse evitado si los sentidos no hubieran estado embotados por la droga, los encierra en prisión. William Burroughs, Jr no tiene ni siquiera 18 años y lo envían a un reformatorio. De la fianza y los trámites legales necesarios, se encarga nada menos que Allen Ginsberg, amigo de su padre, que opera como una suerte de padre putativo. Allen Ginsberg es amable, le habla sobre los recuerdos acerca de Joan Vollmer, le ofrece alojamiento y ayuda. Y aunque una parte de William Burroughs, Jr sepa que debe aceptarla, vuelve a las calles. La pulsión que siente por la autodestrucción es ingobernable.

Tanto así, que enseguida vuelve a caer preso. Los mecanismos de esta vida desaforada se repiten. A tal punto, que ni siquiera es capaz de ser cuidadoso con su propio cuerpo. Es bruto al administrarse las drogas que consume por vía intravenosa. Se provoca abscesos, coágulos de sangre. Su aspecto es el de un esqueleto viviente. Y no le importa. Hasta que, en algún momento, en una suerte de sórdida epifanía, se ve reflejado en el espejo del baño de una estación de servicio y, al ver las cosas como son, siente una mezcla de compasión, pena y dolor y entiende que ya no puede seguir en Nueva York, a menos que quiera morir allí mismo.

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