EL ARTE DE CAER: DIRECT CINEMA POR LOS MAYSLES BROS.

“I wish I had David and Al before this.”

 

La pequeña Edith baila para la cámara. Con sus manos manipula una banderita yanqui, mientras recuerda los pasos que alguna vez supo repetir con gracia. Viste una malla negra y uno de sus pañuelos característicos que se ata como si fuera un hijab. Baila y canta para David y Albert, ya que la otra única persona que puede prestarle atención, la otra Edith, detesta sus números. La bruja de la casa encantada se divide en dos en este documental que vuelve a presentar en sociedad a las señoritas Beale. Madre e hija conviven en una mansión de Long Island acompañadas de ocho gatos y mapaches que se cuelan por los agujeros del techo. Las parientes impresentables de Jackie Kennedy son dueñas de Grey Gardens, una propiedad con nombre propio ubicada en la exclusiva zona de Suffolk County, los Hamptons. No fue hasta que la municipalidad declaró que la propiedad no era adecuada para la ocupación humana (los baños no funcionaban), y de que salieran en los diarios, que su prima famosa, finalmente, desembolsó lo suficiente como para cubrir el abogado y los costos de renovación. Tiempo después llegaron los hermanos Maysles a documentar la vida de estas mujeres en la casa que rápidamente volvió a su estado de decadencia natural.

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Madre e hija, que además del espacio físico, comparten el nombre, están tan mimetizadas que funcionan como un espejo. Y los hermanos Maysles, que no solo son documentalistas, sino que también ostentan títulos en psicología, se ganaron la lotería con esta pareja. Edith Bouvier Beale, Big Edie, la matriarca, era una conocida socialité, que veces actuaba y cantaba. Su retrato al óleo, la única pista de aquella gloria pasada, descansa en el piso y es usado permanentemente por los gatos como baño. Usa anteojos, con mucho aumento en el ojo izquierdo que le deforman la cara, se ata trapos alrededor de la espalda y no le preocupa mucho  taparse (“No estoy avergonzada de nada. Mi cuerpo es hermoso”). La vergüenza le es ajena. Edith se pasa el 70 % del tiempo en la cama, incluso cocina desde ahí sobre una hornalla eléctrica. Su  hija, Little Edie, de 56 años, renueva la pregunta ¿hipster or homeless? En todas las tomas, viste algo distinto que combina con los pañuelos con los que se cubre el pelo. La pequeña Edie modela sus conjuntos como si no fueran harapos. Todavía tiene buen cuerpo, y le gusta mostrar las piernas, herencia de aquella vez que intentó ser bailarina. Esta Edie es una Ms. Havisham moderna. Con la misma naturalidad con la que llena el piso del ático con pan lactal y comida para gatos, que es devorada por mapaches durante la noche, cuenta cómo eligió no casarse con un conde y utiliza un cuchillo para comer helado. Todo para ella es orgánico, nada la extraña: ni su circunstancia, su casa, su madre, ni el hecho de que alguien quiera hacer un documental sobre ella. “Me veo a mi misma como una niña pequeña. Ella me ve como un bebé. No me veo como una mujer”. Edie se confiesa y los Maysles filman, es un espectáculo que no necesita introducción.

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Siguiendo la tradición del kino-pravda en la Unión Soviética, del free cinema en Inglaterra, y el cinéma vérité francés de los 60, surge en Estados Unidos el direct cinema, que tiene a los hermanos Maysles como principales exponentes. “Hay un mundo allá afuera donde las cosas tienen que ser observadas, donde deberían ser observadas”, dice Albert Maysles defendiendo su desagrado por los documentales tradicionales, que dependían de un narrador para explicar qué estaba pasando o que abusaban de las entrevistas. La máxima ventaja de este enfoque era, para el director, la posibilidad de conocer el mundo y no el punto de vista de un narrador, o de una corporación. Ser la mosca en la pared es algo que los Maysles hacían con facilidad (de hecho, realizaron varias innovaciones en los equipos de filmación que les permitieron ser lo menos intrusivos posible). Albert Maysles murió el mes pasado, su hermano había muerto en el 87. Juntos filmaron, entre otros títulos y colaboraciones con otros cineastas: Orson Welles in Spain (1963), What’s happening! The Beatles in the USA (1964), Gimme Shelter (1970), Muhammad and Larry (1980).

En Salesman (1968), el documental en el que los Maysles vuelven a su Boston natal para observar a las personas con las que crecieron, se muestra la vida de cuatro vendedores de Biblias que atraviesan el país tratando de colocar otra copia del libro más vendido de la historia en el seno de los hogares norteamericanos. Paul Brennan, el vendedor mediocre, es el protagonista de esta historia, que tuvo problemas con la distribución porque era considerada demasiado depresiva y real para el público general. Los salesmen venden Biblias como si fueran productos Just: prometen una mejora en la calidad de vida, dan la opción de elegir el color de tapa, y cuando son efectivos, se llevan un billete de los grandes. El film se siente mucho más largo que sus 85 minutos y es todo lo depresivo que uno espera de una premisa semejante. Aquí, nuevamente, los Maysles no intervienen, solo muestran.

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En Grey Gardens, en cambio, ya no son moscas que observan, son los únicos interesados en la vida de estas mujeres en mucho tiempo. Y en calidad de gente que lo único que quiere es un poco de atención y ser mirada, las Beale no los dejan mantenerse al margen. Para curiosos, les alcanza con los vecinos. Ellas, sobre todo la menor, quieren interactuar, buscan una mirada diferente de la propia, una más amable, y más normal.

Tal vez la escena más importante del documental sea cuando, a veinte minutos del final, las mujeres se encuentran en una de las habitaciones. Little Edie tiene puesto un traje de baño y uno de sus pañuelos, mientras que Big Edie parece haberse atado una polera alrededor del cuerpo en vez de ponérsela. La más joven canta en voz alta, mientras mira a la cámara de reojo. Su madre se enoja, le ordena que se calle, está tratando de poner la radio. Ella canta más fuerte, su progenitora vuelve a insistir: su voz es una tortura para sus oídos, no es como la suya que fue “hermosamente educada”. El canto desata una de las muchas discusiones que tienen a lo largo del día. La hija le reprocha que nunca puede divertirse, la otra la retruca que ya se divirtió bastante en su vida y con el comentario dispara un montón de reproches y juicios que no necesita verbalizar. En el medio de este teatro absurdo, Albert Maysles apunta la cámara hacia el espejo agrietado de la cómoda. Vemos a los hermanos, testigos de la decadencia de esta familia de dos. La cámara hace zoom en el espejo sobre un dibujo de Big Edie, de su pasado glorioso, un pasado lejano imposible de filmar, irrecuperable. Los Maysles, esta vez, lejos de ser una mosca en la pared, son absorbidos como parte de la fauna de Grey Gardens. Y como Little Edie, solo les queda bailar.

 

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