BACK FROM THE GRAVE: FRANZ ANTON MESMER Y EL MAGNETISMO ANIMAL

Si hicieran una película sobre la vida de Franz Anton Mesmer que se amolde a pie juntillas a su biografía, sería una película poco convincente. Los guionistas de Hollywood se verían en la obligación de modificarla, para que conecte con la sensibilidad promedio.  Estamos tan acostumbrados a que la realidad imite a la ficción que, cuando no lo hace, nos resentimos. Supongo que esa es la única explicación por la cual el nombre de Franz Anton Mesmer aún no se ha instalado en el imaginario colectivo.

La trayectoria y destino de Franz Anton Mesmer no parece encajar en ninguno de los moldes que la rasante imaginación popular le asigna a los personajes que definen su historia. ¿Será por eso que su nombre no ha conseguido perpetuarse? Nos pronunciamos en contra de los clichés, pero en realidad los adoramos. Cuando un personaje no se amolda a los clichés, enseguida le damos la espalda y, a Franz Anton Mesmer, la única etiqueta que le cabe es la de eterno incomprendido y esa etiqueta no alcanzó nunca para que nadie tenga ganas de rendirle ningún tributo. Así es como ha pasado a formar parte de esos personajes olvidados de la historia, aunque la importancia de su descubrimiento y su influencia no ha dejado de crecer con el tiempo.

TAPA PELI

Nacido en 1734 en el seno de una familia aristócrata, se forma como médico, teólogo y científico. Mecenas musical, en su casa solía hospedar a Leopoldo Mozart, es amigo de Haydn, de Gluck, de Beethoven. No ejerce, toca el piano y el violoncelo. En cierta ocasión, su esposa siente calambres en el estómago y pide que Maximiliano Hell, padre jesuita, la trate. Hell utiliza el método de curación por imán. Franz Anton Mesmer se siente fascinado por la terapéutica y el peculiar metal, que presenta características únicas.

Ya en 1776, Franz Anton Mesmer se tituló de doctor con una tesis en la que aborda la posible influencia de los astros sobre el hombre. Establece la tesis de una indefinida fuerza misteriosa que, desparramada por los vastos espacios siderales, obra en esencia de toda materia, un éter primordial, un misterioso fluido que penetra todo el cosmos y, con él, también al hombre. Entonces, luego de ver la curación por hierro magnético, se pregunta si, en su calidad de piedra meteórica de origen estelar, no habrá encontrado la clave de aquel misterioso fluido con el que supo soñar.

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Comienza a experimentar, con gran éxito, la curación con imán. Su casa se convierte en una suerte de clínica magnética. Acuden de todas partes a verlo. Recibe pacientes de todo el país. Enseguida aparecen seguidores y detractores. Sin embargo, es él mismo el que advierte el error en su terapia. No es el imán lo que sana, sino quien lo usa. No es el instrumento, sino el médico. La relación única que establece entre médico-paciente. No es, en definitiva, el imán lo importante en la ecuación, sino la sugestión del paciente en relación al médico.

Se suceden numerosos casos de sanación. Franz Anton Mesmer insiste en que no hay nada mágico en su terapia. En vano intenta convencer a las Academias de que estudien su caso. Se lo tilda de charlatán, se lo desacredita. El caso de Teresa Paradies marca un momento decisivo. Teresa Paradies está ciega desde los cuatro años y, al parecer, consigue ser sanada bajo el método mesmérico. La influencia de tan ilustre personaje hace que la Facultad de Viena se vea en la obligación de atender a Mesmer. Pese al éxito obtenido, lo desacreditan por completo. El asunto, entonces, trasciende hasta la corte. La comisión de costumbres (el poder máximo en la Austria de María Teresa), lo destierra.

Mesmer, entonces, se instala en París. Allí todas las ideas nuevas son recibidas con entusiasmo, pero Mesmer no busca la aprobación popular sino ser considerado seriamente por las Academias. Aunque sus métodos son celebrados, entiende que se trata de una moda y eso no es lo que le interesa. Cansado de que los académicos no se dignen ni a escucharlo, en 1779 escribe su “Disertación sobre el descubrimiento del magnetismo animal”, donde intenta explicar los descubrimientos que ha venido realizando, sin atribuirse ningún poder sobrenatural. Su teoría, aunque indemostrable, quiere asentarse sobre la razón. Habla de fuerzas invisibles que se generan entre personas, sobre las posibilidades de la sugestión psíquica.

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Aunque sus intuiciones eran acertadas, en la práctica su método incluye cierto ceremonial asociado al espectáculo, que dificulta que los científicos y médicos de la época lo tomen en serio. Pero Franz Anton Mesmer ya había entendido (antes que Freud, antes que Jodorowsky) lo terapéutico de lo teatral puesto adrede, la eficacia de toda terapéutica que tiene la fe por base. Así que contribuye con un ceremonial mágico, rodeando a su persona de una aureola maravillosa, cura a base de psiquismo, aumenta su autoridad por medio del misterio. Su estrategia es un éxito discutible. Todo el mundo habla del método mágico-magnético, pero su ciencia sólo trasciende como espectáculo.

En 1784, Mesmer es nuevamente considerado por la Academia Francesa y el fallo en su contra vuelve a ser unánime. Será un discípulo de Mesmer, Maxime de Puységur, quien continúe el legado de Mesmer y consiga ser atendido por la Academia, a través de sus investigaciones sobre el sonambulismo. Aunque no haya sabido explicarlo y señalarlo, las intuiciones de Mesmer eran acertadas. Básicamente, lo que Mesmer había descubierto era el inconsciente y las posibilidades de sanación a través de la sugestión psíquica.

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En el año 1792, pobre y olvidado, huye de Robespierre, de la guillotina y de París. Regresa a su patria, donde es acusado de espía y arrestado. La acusación no tiene asidero, pero de cualquier manera abandona su patria. Se refugia en Suiza. Ya octogenario, las academias reconocen el valor de los hallazgos de Franz Anton Mesmer, pero es demasiado tarde. Franz Anton Mesmer no quiere saber nada con los reconocimientos, sólo le interesa la posibilidad de regresar a su patria y morir en paz.

A propósito de Franz Anton Mesmer, escribe Stefan Zweig: la historia, demasiado presurosa para ser justa, atiende sólo al triunfo. Sólo al perfeccionador premia, nunca al precursor; sólo al victorioso nimba de luz, para arrojar al vencido a las tinieblas.

Y así concluye la historia de este precursor de la psicología moderna, cuyo nombre apenas suena.