KORLA PANDIT: EL FALSO PADRINO DE LA EXÓTICA

Korla Pandit decía que “la televisión no es real, solo es luz. Vibraciones de luz y de sonido y eso es lo que somos. Reflejamos la luz y eso es lo que determina de qué color nos vemos”. Un mensaje transgresor e iluminado del organista proclamado “padrino de la exótica”, que desde su comienzo en los 40 cautiva con sus melodías del lejano oriente y el halo de misterio con su turbante y su silencio absoluto. Aunque en realidad resulta curioso, porque Korla Pandit no vino de ningún oriente y nació como John Roland Redd, hijo de padres afroamericanos en Missouri a principios de los 20. Ya es sabida la historia de las hostilidades raciales en el sur de Estados Unidos, y Pandit creció en el ambiente de la segregación y el millar de escarmientos que un joven negro podía encontrar solamente por sentarse en el lugar que no le correspondía. Fue quizás por estas dificultades y por el atractivo del Tinsel Town para un joven artista que Korla Pandit se mudó a Los Angeles a perseguir una carrera como pianista en la radio.

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Redd tenía el beneficio de, a pesar de ser afroamericano, portar la imagen ambigua de una figura exótica genérica para el público blanco, pudiendo así representar cualquiera de ellas con la ayuda de un poco de caracterización. Así aprovechó esa necesidad de posguerra de levantar los ánimos con el exotismo de ritmos foráneos y del auge de la exuberancia de figuras latinas como Carmen Miranda o Pérez Prado, dándose el nombre de Juan Rolando y tocando en radio y lounges usando un turbante. Tiempo después el personaje terminaría virando a la imagen de la unión perfecta entre el lejano oriente y occidente, armada a base de estereotipos básicos que serían suficientes para darle al público lo que pedía sin que nadie cuestione demasiado. El nombre que engendró con la ayuda de su esposa fue Korla Pandit y ese sería el que terminaría asumiendo para toda la vida, junto a la historia ficticia de su nacimiento y educación privilegiada en Nueva Delhi brindada por sus padres ficticios: un brahmán indio y una cantante de ópera francesa.  Poco después consigue su propio programa de televisión de la mano de Klaus Landsberg, ingeniero pionero y, paradójicamente, quien fuera instrumental en la primera transmisión televisiva en vivo: los tristemente célebres juegos olímpicos de Berlín en 1936.

Pandit ya tenía una imagen consolidada como una variación de un swami indio meets west, pero algo debía hacerse para sostener una nueva personalidad asumida, no se podía sostener solamente con un turbante y un nombre artístico. Korla Pandit adoptó el acento necesario para fuera de cámara y en televisión forjó un acto silente. La imagen de los hombres del este era la del misterio y la sabiduría espiritual, asi que el silencio no solo fue necesario sino estratégico. Sus presentaciones televisivas constaban solamente de tocar el piano y el órgano al mismo tiempo mirando a cámara con una expresión de paz punzante y benévola que aparentemente funcionó con mujeres y hombres por igual, a veces acompañado por un bailarín llamado Bhupesh Guha que quizás fuese indio o quizás no.

Para 1953 problemas contractuales  encontrarían al por entonces desconocido Liberace tomando el lugar de Korla Pandit como el pianista estrella de la emisora KTLA en Los Angeles, estación que transmitía su programa “Korla Pandit’s Adventures in Music”. Lo rescatable desde el punto de vista histórico de toda la farsa fue que, a pesar de haber acercado una proyección de una India inventada aunque atrayente, la realidad es que en épocas en las que un hombre negro tenía prohibido siquiera cruzar miradas con una mujer blanca, Pandit logró hacer una carrera de mirar a cámara encantando amas de casa entre tanto aura de exótica y misterio. A fin de cuentas,  este hipnotizador y great pretender realmente fue uno los primeros afroamericanos en tener su propio programa de televisión en Estados Unidos. Pero Korla Pandit nunca más volvió a ser John Roland Redd de Missouri y la reinvención personal le duró hasta tres años después de su muerte, cuando en 2001 se reveló la verdad de sus orígenes no solo al público sino también a sus hijos Shari y Koram.  

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