ENTREVISTA A DOBRA ROBOTA: EDITORIAL DE LITERATURA POLACA

Hay en Buenos Aires un proyecto editorial nuevo que está armando una colección de literatura polaca. La editorial es Dobra Robota y su primer título es Las tiendas de color canela, que abre la “Colección (des)formas polacas”. La edición es impecable, y tiene la particularidad de que cuenta con una traducción autóctona, la primera traducción argentina de Bruno Schulz hecha directamente del polaco, que entre otras genialidades respeta la grafía de los nombres polacos y consigue que los personajes se voseen. Gabriela de Mola, que lleva adelante la editorial, cuenta entre otras cosas cómo fue el trabajo de edición.

Marcos Urdapilleta: ¿De dónde te viene el interés por la literatura polaca?

Dobra Robota: Por Gombrowicz. En realidad, desde que lo leí me empezó a interesar Polonia más que nada como país. Específicamente por lo que él planteaba sobre Polonia como país en términos filosóficos. Y por la conexión que hacía con Argentina desde su característica de inconclusividad, desde el momento en que son países que aspiran a una forma superior desde un lugar asumido como inferior, en lugar de valorar su “desforma”. Y me gustaba el hecho de que un polaco que estaba de casualidad varado en Argentina fuera tan lúcido para sacarle la ficha a Argentina tan rápidamente. Con el tiempo, empecé a interesarme en la literatura específicamente, después de leer casi todo de Gombrowicz, quise saber qué más tenían para decir los polacos, aunque el caso de Gombrowicz fuera especial.

MU: ¿Cómo empezó el proyecto editorial?

DR: Noté que desde hacía unos años Gombrowicz finalmente había empezado a tener el reconocimiento que se merecía. A su vez, venía leyendo literatura extranjera del este de Europa, de editoriales españolas muy lindas como Impedimenta, Acantilado, libros muy caros. Y como siempre me había interesado particularmente Polonia, me puse a investigar qué más había aparte de Conrad, que no había escrito en polaco, y Stanisław Lem. Di con Schulz a través del diario de Gombrowicz, me llamó la idea de su amistad, amistad que por supuesto Gombrowicz minimizaba de manera bastante contradictoria. Me enteré de que los derechos de Schulz se habían liberado en el 2012. Así que la idea de generar una nueva traducción me pareció bastante natural, poco descabellada. Simplemente había que encontrar un tono más ameno, más local. No hay una variante mejor que la otra, el español de España hoy en día es tan solo una variante más entre todas y no es necesariamente la que hay que seguir porque sea la “más correcta”. El voseo se usa en varios países de Latinoamérica. No hay que pensar que en otros lugares no van a entender qué significa.

Empecé a frecuentarla Biblioteca Domeyko de la Casa Polaca para fotocopiar los textos originales en polaco. No tenía nada muy definido, ni siquiera tenía traductor. Después de la tercera o cuarta vez que me veían por ahí, Marta Bryszewska me preguntó qué era lo que estaba haciendo, si estaba investigando algo. Le conté, le interesó y tiempo después me ofrecía su apoyo. Me pasó algunos contactos (el traductor, la Embajada) y desde ese momento conté con el apoyo logístico de la Biblioteca y después de la Embajada.

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MU: ¿Cómo fue el trabajo de edición y traducción en Las tiendas de color canela? ¿Y con Witkiewicz?

DR: La traducción de Las tiendas la hizo Enrique Mittelstaedt, un polaco que vino de muy chico a la Argentina. Un tipo muy culto y con mucha sensibilidad para el lenguaje, lo que es fundamental para traducir, porque traducir bien implica detectar las sutilezas del lenguaje. Adecuar la traducción a nuestro tono es fácil, natural, pero tenés que evitar caer en regionalismos que no vengan al caso. Si el texto no tiene jerga, no podés introducir jerga porque el texto mismo no lo pide. Si el texto tiene un neologismo, tenés que poner un neologismo equivalente en tu lengua. Si hay un juego de palabras o una rima, tenés que encontrar una forma de mantenerlos y que eso tenga sentido en español. Todos estos casos se presentaron en la traducción, y después en la edición de la traducción, de Schulz y Witkacy: neologismos, rimas, estructuras estilísticas que me parece necesario respetar cuando se trata de textos nuevos para nosotros.

Igualmente la edición en sí implica mil cosas más, muy disímiles entre sí. No solo trabajar sobre el texto traducido micro y macro-editándolo, sino también hacer trámites, escribir la contratapa, la solapa, la introducción, armarlo, diseñarlo, decidir cuestiones más técnicas relativas a la producción, circularlo. Es un trabajo en equipo. Hay que pensar hasta el más mínimo detalle, en un punto se vuelve algo muy absurdo.

Witkiewicz fue traducido por el que era mi profesor de polaco, Kazimierz Warzyca. Es un texto más sencillo, porque es teatro y tiene otra dinámica. El texto teatral tiene la posibilidad de trascender en una puesta en escena, de ser representado, transformarse en otra cosa, con otro público. En este momento lo estamos terminando de editar y va a circular para junio. Son dos obras de teatro medio absurdas, con personajes muy pomposos, ridículos. Witkacy era un multiartista, un vanguardista para su época. Pintaba, tomaba drogas como experimentación y escribía lo que le pasaba bajo ese estado.

MU: Dobra Robota es buen trabajo en polaco: ¿qué hace falta para que el trabajo esté bien hecho?

DR: En este caso, una traducción que atienda a las sutilezas, una edición que dé fluidez al texto, un diseño simple, prensa, autores interesantes. Mucha constancia. Terquedad, de la buena. Algo de inconsciencia, perder el eje un poco porque si no, no lo hacés.

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MU: Además de la editorial, tenés una banda, Posatigra, con un disco sobre el Ferdydurke de Gombrowicz, ¿cómo fue ese laburo?

DR: Me había comprado Ferdydurke de Seix Barral en la librería Edipo por $ 40 hace diez años atrás. Ya había leído Cosmos y me había volado la cabeza, y como Ferdydurke era su obra más importante, antes de leerlo ya sabía que la lectura iba a ser, por lo pronto, agitada. Entonces se me ocurrió grabar el momento de esa lectura. Cada track es el sonido de la lectura en silencio de un capítulo, del ambiente, tal vez de un auto que pasaba por la calle o la voz amplificada del vendedor de sandía, un personaje habitual en los suburbios de Lanús. Es una especie de concepto y de chiste. Yo en ese momento escuchaba Reynols, ellos ya lo habían hecho. Sinceramente es el disco más aburrido que escuché en mi vida, es más: nunca lo escuché entero y creo que nadie lo hizo tampoco. La tapa original la hizo un amigo. Y después yo hice una segunda versión, que es la que se conoce, con la cara de Gombrowicz. El disco es de 2006.

MU: Están lanzando la “Colección (des)formas polacas”, que incluye títulos de dos autores más bien raros: Schulz y Witkiewicz. ¿Hay un nicho ahí?

DR: Creo que sí. No hicimos una investigación de mercado. Es más intuición que otra cosa. Pero también el nicho un poco se construye. Hay literaturas canónicas, pero están más digeridas que otras que están por descubrirse. Es simplemente ampliar un poco el espectro, ver qué pasa en otros países, qué se dijo, se dice y qué se puede decir a partir de su circulación. La literatura filtra todo, la cultura y la moda literaria, es netamente contextual, incluso cuando se trata de textos recontra formales y “artísticos”.

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MU: Desde hace ya unos años en Buenos Aires se lo viene laburando y reeditando a Gombrowicz, ¿ves afinidades con el caso Schulz?, ¿cómo se mueve la literatura polaca en Buenos Aires?

DR: La literatura polaca se mueve poco y nada en Argentina. En general, todas las literaturas periféricas, léase rumana, húngara, etc., acá se leen poco por varias razones: no forman parte de los programas universitarios, los libros que se importan son extremadamente caros, muchas de las traducciones que nos llegan están españolizadas. Con la literatura polaca pasa lo mismo. Por suerte Gombrowicz se reeditó por El Cuenco de Plata, una editorial argentina, porque si no, tenías las ediciones de Seix Barral, con un precio astronómico y el último tiempo inconseguibles. Gombrowicz vivió y escribió acá, tenía amigos, el reconocimiento era una cuenta pendiente para Argentina. El Congreso Gombrowicz también le dio un empuje buenísimo. Y todas las cuestiones derivadas que vinieron después: lecturas, performances, sacar a Gombrowicz a la calle, una actitud bien surrealista.

En cambio, el caso de Schulz es distinto: a él se lo comió la Segunda Guerra. Los que ya lo conocían era por ediciones españolas de hace 40 años atrás, muchas de ellas traducidas desde el inglés al español. Siempre fue un autor de culto, conocido de nombre, pero muy poco leído. Recircularlo y ver qué pasaba ante cierta apertura hacia la literatura polaca era una opción más que potable.

MU: La edición de Las tiendas de color canela cuenta con el apoyo de la Embajada de Polonia y el Instituto Polaco del Libro, ¿cómo fueron esas gestiones?

DR: El contacto con la Embajada fue mediante la Biblioteca Domeyko, primer lugar adonde fuimos para fotocopiar los textos originales en polaco. De otra forma, creo que hubiese sido imposible. Cuando pude acceder a la Embajada, presenté el proyecto para obtener al menos una parte de la financiación de la impresión. Me dieron el sí de entrada. Y tuvimos total libertad para hacer la edición. Todo seguía por igual camino, solo que ya contaba con una parte financiada, que era la impresión y que, como se sabe, es uno de los dos gastos gruesos que implica editar un libro. La traducción era el otro. La Biblioteca me contó que había un programa llevado adelante por un instituto privado de Cracovia, el Instituto Polaco del Libro, que daba subsidios a traducciones del polaco a cualquier otra lengua. Apliqué al programa y después de unos meses el Instituto me confirmó el subsidio del 90% del costo de la traducción.

MU: ¿A qué lectores apuntan desde la editorial?

DR: Siempre va a ser un nicho porque no es literatura de consumo masivo, pero apuntamos a cualquier lector que esté interesado en literaturas periféricas. Contrariamente a lo que se podría pensar, el nicho de la editorial, particularmente de la colección polaca, es en mayor parte argentino.

MU: Pensando un poco la traducción como laburo de actualización, ¿qué tiene para decirnos Schulz hoy?

DR: Schulz fue un artista muy original para su época y continúa siendo muy moderno. Su literatura se mantiene como un intento válido de comprender de qué está hecha la realidad, qué papel cumple la fantasía y la subjetividad en su construcción. Es la idea del arte como introspección y catarsis.

MU: ¿Qué proyectos tienen en la editorial para más adelante?

DR: Continuar con la colección (des)formas polacas. Y estamos viendo si conseguimos los derechos de algunos textos sobre música para abrir una nueva colección y trabajar con ambas a la vez. Empezaron a editarse e importarse muchos libros sobre música y bandas de lo más interesantes y tienen mucha salida. Es una traducción más simple porque es del inglés y también una lectura más sencilla. De algún modo equilibra con la colección de (des)formas. También abrir otra colección de literatura extranjera, vamos a ver si es de algún país poco leído en Argentina o de textos poco leídos de un país ya muy digerido. Todo esto siempre en la línea de las traducciones.

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