TRENCITOS DE LA ALEGRÍA EN LA FELIZ: LOS CASQUIVANOS DE NICOLÁS HOCHMAN

Los casquivanos
Autor: Nicolás Hochman
Editorial: La Letra Eme
Colección: Narrativa. Novela
ISBN: 978-987-45540-3-1
Núm. págs.: 156

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En una esquina mal alumbrada de Mar del Plata chocan dos trencitos de la alegría, El Pulpito y Los Casquivanos. De los dos colectivos disfrazados se bajan los animadores, tipos vestidos del Hombre Araña, de Shrek o Bob Esponja, y empiezan una batalla campal en la que se mezclan pasajeros y curiosos. Este episodio divertido, bizarro, y por qué no épico, abre un abanico en Los Casquivanos y aparece como eje de los ocho relatos que componen la novela.

Alrededor de este choque carnavalesco, Nicolás Hochman articula la serie de conexiones, de  encuentros y desencuentros que dan cuerpo al libro: Sándor y Sarabá, Cornelius y Berenice, Karin y Dariusz, Orlando y Orestes llevan adelante sus vidas -y cuando narran, sus relatos- ajenos al hilo que los ata y los une. Se forma así una suerte de rompecabezas, en la que cada historia es la pieza de una unidad mayor. Aunque hay algo diferente en este rompecabezas: la forma de las piezas, que cambian todo el tiempo, se enfrentan, se contraponen y generan así un sentido nuevo y global, pero en buena medida huidizo o por lo menos problemático. Al estilo durreliano, por momentos hay nudos que, parece, cubren algo que falta, como si el hilo se hubiera cortado en algún recoveco del laberinto.

Una de las citas que abre el libro es del escritor polaco Witold Gombrowicz: “¿Conciencia? Aunque tenga conciencia, como todo en mí, es más bien una semiconciencia. Soy semiciego. Soy casquivano. Soy de cualquier manera”. Así se mueven los personajes por la novela: cambian no solo de acuerdo a las voces narradoras sino también de acuerdo a la propia mirada, se ven atravesados por la propia indefinición. Así, cuando Sándor reflexiona sobre el amor arriesga una conclusión: “El problema, seguramente, estuviera ahí, en ese nosotros que nunca era tal”. Con este cambio de voces y de perspectivas, los personajes con los que uno se encuentra, y sobre todo la historia que uno lee, van sufriendo también sus variaciones.

¿Quiénes somos, cómo somos cuando estamos solos, cómo somos frente al otro, frente a lo otro? Con este tipo de interrogantes se encuentra el lector de Los Casquivanos. Es que el problema de la identidad, como en Gombrowicz, es una clave en las páginas del libro, tanto que llega a ser problematizado por uno de los personajes. Cuando Orestes narra en forma de diario –otro guiño witoldiano, ahí– sus experiencias como muñeco en el trencito, se encuentra con que los terrenos del yo tienen límites difusos: ¿es él, Orestes, cuando se calza la goma espuma violeta y hace de Barney, cuando baila como nunca en su vida, cuando ahuyenta pibitos maliciosos? ¿Sigue siendo él mismo cuando se saca el disfraz?

Este buceo por la identidad tiene sus contrapuntos. El primero es el estilo en que está llevado: una prosa ágil, distendida y llena de humor. Y ahí, en el humor, está el segundo. Si por un lado los personajes se preguntan sobre cuestiones humanas y de peso como el amor, la soledad, el sexo o la muerte, por otro lado el lector se encuentra con escenas desternillantes. Pero no solo hay alternancia: a veces la levedad y el peso se conjugan, se mezclan en un cóctel que genera una incomodidad movilizadora. Y quizás ahí está lo más interesante del libro: en buscar un parte de nuestra condición humana en una literatura divertida y distendida, entre viejos putañeros, vecinos vouyeristas y Spidermans que hacen break-dance.

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